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Leyendas: El Cacuy

Sonko y Huasca eran hermanos. Habían quedado huérfanos hacía muchos años, y desde entonces vivían solos en la selva, habitando el rancho que fuera de sus padres. Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseía un corazón tierno, cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien quería como a la madre que perdiera siendo niño. Pero Huasca no retribuía ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacía padecer en toda ocasión la perversidad que la dominaba.

A pesar de ello, Sonko seguía profesando un profundo cariño a esta hermana cruel. Tanto la quería, que al ver los jugosos frutos maduros, sólo tenía un pensamiento: recogerlos para Huasca. Así lo hizo ese día. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los depositó en un canastillo de fibras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fin de entregarlos a la ingrata.

Mientras corría, pensaba: "¡Qué contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce conmigo! Porque con los demás es muy buena... y es cariñosa... Sólo conmigo es brusca y es mala." Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrían con la carrera, y continuó sus reflexiones: "¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero... ¡no importa! Yo conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella." Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta había un telar rústico, con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca había estado trabajando. Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana que cantaba.

Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traía, llamó con voz dulce: -¡Huasca!... ¡Huasca!... ¡Hermanita!... Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La canción se había apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor, acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más brusco de los tonos: -¡Qué quieres! Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolía al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y nada dijo. Él se había prometido conquistar el afecto de su hermana y no abandonaría la empresa al primer contratiempo.

Con suave voz y tierna expresión, le dijo: -Mira, golosa, mira lo que he traído para ti. Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la mala hermana sólo supo exclamar: -¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan! Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y entró en el rancho. El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar:

En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego. Tomó un "puco", y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada: -¡Deja eso! ¿O crees que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad sería! ¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más que estirar la mano para servirse! Y, dominante, agregó: -¡Retírate turay! ¡Cacuy turay! Pero... Huasca... Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de lechiguana y labrando la tierra pra sembrar... Y ¿quien si no yo cuida nuestra majadita de cabras? Con el tono más humilde continuó: -Anda, sé razonable... Sírveme un poco de mazamorra y dame un trozo de patay... -¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es mío! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay! -Dame entonces unas chirimoyas de las que traje... -imploró el muchacho. -Ni una. Para mí dijiste que eran y yo las comeré -terminó inflexible Huasca. Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió. Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla? ¿Por qué sería así su hermana? ¿Qué podría hacer él para corregirla?

Sus esperanzas de dulcificar el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza. Se sentía incapaz de continuar. Sin embargo, haría una última tentativa. Ese día lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres. Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó. Una idea fija le impedía conciliar el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana. Por fin, el cansancio lo venció y se quedó dormido. A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza. Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo que le agradara mucho... Sonko pensaba: "Tal vez así, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores, llegará un día en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella siento. ¡Qué felices seremos entonces!" Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó: "Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán desde la estrella donde están ahora..." A su paso, un ave asustada levantó el vuelo. Tan preocupado iba, que apenas prestó atención a este hecho. Tampoco oía el coro de los pájaros que a esa hora era una gloria. Persistía en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana. De pronto, un fruto hermoso llamó su atención.

Su color, su brillo y su tamaño lo hacían resaltar entre todos los otros. ¡Ése sería el regalo para su hermana! Pero, ¡qué alto estaba! Le costaría alcanzarlo... Mas, ¿qué importaban las dificultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso? Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzaría. Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con ojotas, y ayudándose con manos, brazos y piernas fue subiendo... subiendo... Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecía allá en lo alto. Continuaba entusiasmado la ascención, cuando lanzó un grito. Una enorme espina se había clavado en su carne. El dolor que le producía era tan intenso que no le permitía sostenerse con la mano herida. Trato de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse y a tomar un feo color morado. Debía darse por vencido y abandonar la empresa.

Resuelto ya, comenzó a descender. Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo, arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura. Se sintió desfallecer. Su cabeza ardía y tenía la garganta seca. Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa. Su hermana sabía preparar un bálsamo con las hojas y las flores del molle... Ella lo curaría y le daría de beber... Ya le faltaba poco... Un último esfuerzo y llegaría a su rancho. De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le suplicó: -¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque, y cuando ya creía alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un poco de agua! La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse. -¡Oh!. turay... ¡Cómo tienes la mano! Yo te la curaré y traeré agua y miel para apagar tu sed. Así diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca. Sonko creía soñar. Mentira le parecía la dedicación de la hermana. Llegaó a bendecir la espina que, al herirlo, le había permitido gozar del cariño y de los cuidados de su querida Huasca.

Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro saltaba y caía al suelo salpicando sus piernas desnudas. Entró al rancho para buscar un "puco" con miel. Con ambas manos ocupadas se presentó ante Sonko. La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un dulce bienestar lo invadió al oír que Huasca le decía con dulzura: -¡Pobre turay! Hermanito..., ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquí hay yacu-chiri y miel en abundancia, ¿las ves? Hizo una pausa, y cambiando de expresión y con la voz ruda de otras veces, agregó: -¡Pero no son para ti! ¡Prefiero dárselos a la tierra! Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó: -¡Anda tú!... ¡Anda a la vertiente, que allí el agua sobra!... ¡Allí podrás tomar toda la que quieras! Esto bastó para que el cariño que sentía el muchacho se trocara en un odio intenso contra la perversa hermana.

Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no lo abandonó. Arrastrándose casi, llegó a la vertiente. Se hechó en el suelo y con avidez bebió el líquido fresco. Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido. Cuando despertó, el sol se escondía tras los cerros vecinos. Se levantó y caminó unos pasos. El dolor de la herida persistía. Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar en dirección a lo de la "médica". El canto de los pájaros no se oía ya. Los rumores de la selva se habían apagado. Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con reflejos rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra. Sólo en el alma del pobre turay rugía, como una tormenta, la venganza.


Con conocimientos de hierbas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos días estuvo completamente bien. ¡Cómo había cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura. Su voz había perdido la dulzura de otros días. Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes. Un día, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza. Fingiendo sentimientos que ya no sentía, y con la misma voz de pasados días, llamó a su hermana: -¡Huasca!... ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran placer, golosa. -¿Qué es, turay? -Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para ti. La recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas? -¡Sí! ¿Sí! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Si se me hace agua la boca! -No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarían sin piedad. Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas de grandes hojas y perfumadas flores. Los piquillines y los mistoles les ofrecían sus frutos dulces. La puya-puya les brindaba sus flores blancas y fragantes. La exuberante vegetación de la selva era allí un maravilloso espectáculo. Al llegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo. -Aquí es -le dijo-. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena. ¿Te animas a subir? -Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos con el poncho. -No tengas cuidado. Yo te conduciré -la conformó su hermano. Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del lugar.

Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más alto de la copa, Sonko, fingiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba. Así dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz Huasca. Ella, confiada y ajena a lo que sucedía, esperaba que su hermano le indicara la tarea a cumplir. Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa a la ingrata hermana. Pasados algunos instantes, y en vista de que no oía al muchacho, Huasca empezó a temer. Apartó el poncho de su vista, y lo que vio le hizo temer algo desagradable. Anochecía y su hermano había desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero al no obtener respuesta, el miedo la dominó. Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó: -¡Turay! ¡Turay!

Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus miembros se endurecían, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubría de plumas. En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero se oía en la quietud de la hora. -¡Turay! ¡Turay! Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetía: -¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay! Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento, y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa. Así llama al hermano para pedirle perdón: ¡Turay!... ¡Turay! Y vuelve a repetir como en otros días: -¡Cacuy turay!... ¡Cacuy Turay!... Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen escuchar el grito lastimero de una persona. Tal vez es su parecido con el gemido humano.



Referencias sobre el Cacuy


El cacuy es un ave nocturna. Duerme durante el día escondida en algún árbol y aparece cuando el sol se esconde. Tiene un aspecto desagradable. Su cuello, grueso y corto, sostiene una cabeza chata, en la que se destacan los ojos muy grandes y una boca enorme. Para posarse busca el extremo de las ramas secas. El color de la corteza es como el del plumaje, pardo con mezcla de negro. Estirada sobre ellas, parece una continuación de la misma rama. En esa forma trata de pasar inadvertida y fuera de la vista de los cazadores. Hace el nido en los huecos de los árboles con pequeñas ramas y recubre la parte interior con cerdas. Su canto es un grito quejumbroso y muy fuerte que se oye a gran distancia. Muchos lo confunden con el lamento de un ser humano. Esta forma de gritar: "¡ca... cuy! ¡ca... cuy!" ha originado el nombre con que la designan los pueblos de habla quichua. Los guaraníes le llaman urutaú.


En la Argentina habita las zonas Norte y Nordeste. En Tucumán y Santiago del Estero se supone que su grito augura cambio de tiempo. En Catamarca se tiene la creencia de que, al gritar, anuncia la proximidad de alguna colmena.


Es un ave mágica, se lo llamó antiguamente Kakó Kokó y luego Kakuy por deformación. En Tucumán entre los Lules: Tarpuí - llox; en el Litoral: Urutaú - gueimiene; entre los Jíbaros: Aohó, y en las tribus Guaicurúes: Nabopena - ga-naga. Sus distintas formas de pronunciación se deben a las diferentes lenguas aborígenes. Su nombre científico es " Nyctibius Griseus Cornutus

Leyendas: El Zupay

El Zupay o Supay está conformado por dos tradiciones que se unen: una de éllas arranca del Incario, donde fue reconocido como principio o genio del mal que reinaba en el Supaihuasín, inframundo situado en el centro ígneo de la Tierra.
Era la encarnación de los misterios selváticos y causante de los maleficios, pestes, inundaciones, sequías y todo cuanto hiere la imaginación y horroriza. La otra vertiente fue la leyenda de origen oriental, que en la Edad Media el catolicismo convirtió en verdad militante y centro de innumerables especulaciones teológicas y los heresiarcas en puntal de complejas ceremonias y esotéricos cultos: el Diablo, Demonio, Lucifer, Luzbel o el Maligno, llamado en Argentina Malo o Malu.Señor de las Tinieblas que corporiza el mito de la tentación, que a su vez causa la caída. Multiforme en su personificación, quizás por su mismo origen mestizo.
En nuestro territorio parece preferir la forma humana y especialmente la de un gaucho rico y apuesto que viste ropa fina y negra, con chiripá del mismo color, lleva puñal, espuelas y rebenque de plata y oro y monta un caballo retinto de largas crines y muy enjaezado. Otras veces viste cueros de oveja, sombrero aludo y una especie de túnica granadina, como el Zupay de Copacabana, Santiago del Estero. Se ha presentado también como un virtuoso payador que desafía a lo más afamados practicantes del género (aunque en más de una ocasión salió derrotado de la contienda), como un viejo filósofo de campo o un negro rotoso y hercúleo.
Suele presentarse asimismo con la forma de un animal conocido o más comúnmente como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuerno de chivatón, rostro de sátiro de larga pera y bigotes requemados, cuerpo muy velludo y piernas de chivo con impresionantes pezuñas y con una capa negra. Con frecuencia se presenta también como un remolino y hasta como un árbol. Sus apariciones vienen precedidas por un ruido como de tiro o trueno y se dan en medio de una llamarada que impregna el aire con un penetrante olor a azufre. Desaparece también entre una nube hedionda y amarillenta, tras cerrar el trato con el hombre dispuesto a darle su alma a cambio de riquezas, amores o habilidades.Prefiere las noches de los martes y los viernes, que es cuando las almas y otros seres infernales salen a cometer fechorías.
Su templo es la Salamanca, gran cueva en la entraña de los cerros o subterránea en la que se dan cita las brujas y acuden otros iniciados en la práctica del maleficio. Es que funciona allí la universidad de las Tinieblas, donde se enseña toda suerte de maña, destreza o habilidad y, sobre todo, el arte de dañar al prójimo y arrastrar su alma a la perdición.Los animales del Zupay son los escuerzos, las víboras, los perros negros, los cerdos, los machos cabríos y las mulas. Sus cortesanas, las brujas, tanto viejas como jóvenes.
BibliografíaAdolfo Colombres: Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina, con dibujos de Ricardo Deambrosi. Edic. Del Sol, Bs. As., 1999.

Leyendas: La Guitarra

Hilario no conocía más que la soledad. Y al principio no le importaba. ¿Qué podía faltarle a un gaucho joven, si tenía un rancho donde cobijarse, un caballo incansable y unas cuantas ovejas que atender? Andar por esos campos interminables que su caballo tan bien conocía, hilvanando y deshilvanando un silbido que corte el silencio del campo que se aquieta...
Así fue como comenzaron Hilario a cansarse de su soledad y las cosas a suceder. El aborrecía el silencio. Por eso buscaba el rumor del arroyo, o se entretenía escuchando el canto de los pájaros. Azuzar las ovejas, el "vamos bonito" mientras picaba con el rebenque el anca sudada del caballo, eran los pocos diálogos de su vida solitaria.
Una tarde que anunciaba lluvia, Hilario se fue a dormir, lo hizo de a ratos sobresaltado por los rayos y relámpagos, hasta que al fin se durmió profundamente. Soñó con la lluvia de voz serena y melodiosa. Cuando despertó, Hilario ya sabía: necesitaba compañera.
La tarde siguiente lo encontró a Hilario con camisa limpia, domando su pelo tieso. Llegó al pueblo y no la vio al principio, entre la gente que se juntaba frente a la pulpería.
Fue cuando dio vuelta a las casas para buscar el pozo que la escuchó cantar un aire alegre inclinada sobre el fuentón. Era la muchacha con la que había soñado, con su voz, su cara y su cuerpo, y se llamaba Rosa. El la llevó al rancho y allí se acabó su soledad. El, ahora, apuraba el regreso de su trabajo. Rosa resumía toda su felicidad.
La desgracia vino un día en que Amuray, el cacique de una tribu indígena, también se enamoró de esa criolla tan graciosa, tan amante y tan fiel. El indio esperó la oportunidad, primero quiso seducir a Rosa, inútilmente, finalmente, una tarde, un rato antes de que Hilario regresara, asaltó el rancho y se la llevó.
Hilario se extraño de que su mujer no saliera a esperarlo. Al llegar al claro el viejo silencio volvió de pronto, pero esta vez era un grito. El gaucho comprendió, no tuvo más que ver el desorden del rancho, el agua volcada en el patio y las manchas de sangre sobre la tierra. Al galope y con el corazón apretado, siguió el rastro.
La persecusión duró poco, pero la lucha fue feroz. Al ver a Rosa herida, Hilario se avalanzó sobre Amuray y con un certero puntazo de cuchillo hizo que soltara a la cautiva. A duras penas pudo sostener a la desmayada Rosa, que, antes de llegar al rancho, ya estaba muerta.
Hilario, abrazado al cadáver, llamó a su amada con el sinfín de palabras que ella le había enseñado y lloró con toda la pena mientras caía la noche.
El gaucho se quedó dormido bajo las estrellas con la cabeza sobre el cuerpo querido, sólo con el sueño llegó el alivio.
No lo despertó el alboroto de los pájaros ni el resplandor del sol, sino una música desconocida y tan cercana que parecía brotar de su propio cuerpo. Cuando tomó conciencia, llegó la pena del recuerdo y la sorpresa de ver que sus brazos ya no rodeaban el cuerpo de su compañera sino una caja de madera con forma de mujer apenas perlada por el tenue rocío del amanecer.

Leyendas: El Gauchito Gil


Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como "El Gauchito Gil" o como "Curuzú Gil" (del guaraní curuzú=cruz) es quizás uno de los más importantes representantes de lo que Marta De Paris denomina Santoral Profano Correntino (1988). Desde hace más de cien años tiene vigencia en su provincia, pero en los últimos años ha trascendido primero al litoral en especial Misiones y Formosa y luego al resto del país. Comprobamos la existencia de lugares de culto desde Salta a Ushuaia.


La Historia

Existen diferentes versiones acerca de la época y el motivo de su muerte. Se sabe que fue durante el siglo XIX, algunos sitúan estos hechos en 1890, para otros ocurrieron entre 1840 y 1848.

Todos coinciden que su muerte aconteció el 8 de enero, que ocurrió en medio de las constantes luchas fratricidas entre los Liberales (o Celestes) y los Autonomistas (o Colorados), que el Gauchito era inocente y que fue muerto injustamente. Era oriundo de la zona de Pay-Ubre, hoy Mercedes, Corrientes. Había sido tomado prisionero por el Coronel Zalazar acusado injustamente de desertor y cobarde. Fue trasladado a Mercedes y de allí sería enviado a Goya donde se encontraban los tribunales. Era sabido que los prisioneros que tenían ese destino jamás llegaban a Goya, siempre "habían intentado escapar en el camino, se producía un tiroteo y el preso irremediablemente moría". El pueblo se entera de la prisión de Gil y se moviliza buscando apoyo en el Coronel Velázquez, quien junta una serie de firmas y se presenta ante Zalazar para interceder. Este hace una nota dejando al Gauchito en libertad que fue remitida a Mercedes pero ya había sido llevado hacia los tribunales.La tropa integrada por el prisionero, un sargento y tres soldados se detiene en un cruce de caminos. El Gauchito sabía que lo iban a ajusticiar y le dice al sargento: "no me matés porque la orden de perdón viene en camino" a lo que el soldado replica "De esta no te salvás". Antonio Gil le responde que sabía que finalmente lo iban a degollar pero que cuando el regresara a Mercedes le iban a informar que su hijo se estaba muriendo y como él iba a derramar sangre inocente que lo invocara para que él intercediera ante Dios por la vida de su hijo. Era sabido que la sangre de inocentes servía para hacer milagros. El sargento se burló y lo ejecutó.Con respecto a la forma de morir existen varias versiones:

1) Lo ataron a un poste o un árbol y le dispararon con armas de fuego pero ninguna de esas balas entró en el cuerpo ya que la creencia popular dice que quien lleva el amuleto de San la Muerte no le entran las balas y se supone que el Gauchito era devoto del "Santito". Entonces el sargento ordenó que le colgaran de los pies y allí lo degolló.

2) Murió luego de varios intentos de disparos con armas, porque una bala finalmente entró en el corazón.

3) Fue colgado de un algarrobo, cabeza abajo y luego degollado, porque tenía el poder de hipnotizar a las personas "con sólo mirarlas a los ojos".La partida volvió a Mercedes y allí el sargento se entera del perdón y, recordando las últimas palabras del Gauchito, se dirigió a su casa donde entera que su pequeño hijo está muy grave, con fiebre altísima y el médico lo había desahuciado. Entonces se arrodilla y le pide al Gauchito que interceda ante Dios para salvar la vida de su hijo. Al llegar la madrugada el milagro se había hecho y el niño se había salvado. Entonces el sargento construyó con sus propias manos una cruz con ramas de ñandubay, la cargó sobre sus hombres y la llevó al lugar donde había matado al gauchito. Colocó la cruz, pidió perdón y agradeció.La cruz dio el nombre al cruce de caminos y, con el transcurso del tiempo, se convirtió en un lugar de peregrinación.Leyendas sobre el Gauchito Gil Se cuentan dos historias acerca del paraje donde se levantó el santuario y del deseo del Gauchito de seguir permaneciendo en ese lugar:

1) Con los años era tanta la cantidad de promesantes que iban a visitar al santo y le encendían velas, que el dueño de la estancia sintió temor que le incendiaran el campo y hace llevar el cuerpo al cementerio local. Dicen que este estanciero era un hombre rico, con una familia sana y bien constituida. Pero desde el momento que decide sacar de allí el oratorio comenzó a tener problemas económicos, muere uno de sus hijos de una extraña enfermedad, la hacienda se enferma y los campos se iban secando. Él mismo cae en cama y los médicos no aciertan con el diagnóstico. Un día una mujer que habían llamado para que lo curara le dice que iba a mejorar cuando volviera a traer el oratorio del Gauchito a su lugar. El estanciero construyó un mausoleo junto con una cruz tallada en fina madera en el sitio donde murió y cedió además un amplio espacio. A partir de ese momento todo mejoró para el dueño del campo. El Gauchito siguió enterrado en el cementerio local pero el lugar de su muerte se convirtió en centro de culto.

2) Algunos hechos sorprendentes comenzaron a suceder cuando se asfaltaba la ruta y los ingenieros decidieron que lo más práctico era trazar una línea recta para acortar distancias a pesar que ésta pasaría por encima del oratorio del Gauchito, y por lo tanto, era necesario moverlo.Los operarios dijeron que "no era bueno pasar por arriba de tierra sagrada para los correntinos" pero los empresarios ignoraron esa advertencia. Muchos peones se negaron a cumplir la orden y renunciaron. Cuando estaban cerca de la zona en cuestión las máquinas se negaban a avanzar, ni los operarios, ni los mecánicos ni los jefes lograban ponerla en funcionamiento si la dirección era hacia el santuario. Los operarios comenzaron a desertar porque pensaban que todo era obra del Gauchito que se negaba a que lo sacaran de ese lugar. Ante tantas dificultades deciden respetar el recodo y que el camino haga una curva. Se respeta así el Oratorio y los ingenieros piden perdón y protección para la obra.La imagen del Gauchito GilPara algunos era un cuatrero, un gaucho alzado, un fugitivo al que le cargaban todos los hechos delictivos sin resolver. Para otros era "Robin Hood", les robaba a los ricos (en especial a los que se aprovechaban de los paisanos) y les daba a los pobres y ayudaba a quien lo necesitara. Era un gaucho justiciero. Hacía lo que muchos no se atrevían a hacer. Era un vengador de sus desgracias.El cultoEl Santuario principal se encuentra en el cruce de las rutas Nº 123 y 119, a 8 km de la ciudad de Mercedes (antigua Pay-Ubre). Desde lejos se observa el centenar de tacuaras con banderas rojas, el mausoleo con las placas de agradecimiento y una enorme cantidad de ofrendas similares a lo que ocurre en el santuario de Vallecito de la Difunta Correa: muletas, vestidos de novia, juguetes, casas hechas en miniatura, autitos. Estampitas del santo con los pedidos escritos detrás o con expresiones de agradecimiento.El color rojo es el distintivo del Gauchito Gil que se manifiesta en velas y fundamentalmente en cintas con el pedido o agradecimiento escrito. Es costumbre dejar una cinta atada a las miles de cintas que hay, y se retirar otra ya "bendecida" por el santo que se coloca en la muñeca, en el espejo del auto o en algún lugar privilegiado de la casa para que proteja o ayude.Varios días antes del 8 de enero, fecha del aniversario de su muerte, comienza a congregarse la gente y pasar la noche en carpas. Se improvisan negocios, bailantas la compás del chamamé, kioscos que venden bebidas y recuerdos. Los jinetes se acercan llevando banderas y estandartes en tacuaras para dejar en el lugar, que también se cubre de flores rojas. El cura de Mercedes oficia una Misa por el alma del Gauchito. En el terreno donado por el estanciero se construyó un tinglado donde se acumulan las ofrendas, sitios para encender velas y edificios con baños, duchas, bares y otras comodidades para aquellos que se acercan a orar.Los otros santuarios del Gauchito Gil se levantan principalmente en el litoral aunque su culto se va extendiendo paulatinamente al resto del país como lo certifican los oratorios que existe en los Valles Calchaquíes, Salta y en Ushuaia, Tierra del Fuego. Sus estampas se reparten en los subtes porteños y se venden en las santerías de Buenos Aires y en los negocios de Luján junto a la Virgen. También se agrega su imagen como ofrenda en los santuarios de otros santos populares como la Difunta Correa. Las cintas rojas con su nombre y el pedido de protección para quien la posea, cuelgan de los espejos de cientos automóviles y son atadas en lugares visibles de los comercios.Los lugares elegidos son los cruces de caminos, donde se atan en la rama de un árbol o en una tacuara clavada en tierra las cintas rojas. Son lugares de parada obligada de todo viajante. Los ómnibus y los caminantes se detienen un momento a saludar al Gauchito. En la provincia de Formosa, donde existen oratorios muy próximos, los automovilistas tocan su bocina al pasar. Si esto no se hiciese no contaría con la protección del santo en el resto del viaje y podría ocurrirle una desgracia.El límite de lo que se le pide al Gauchito lo pone la persona que solicita: salud, dinero, trabajo, amor, en casos que se necesite valor para enfrentar una situación y fundamentalmente protección a los viajeros.HomenajesExisten poemas en su honor como el que escribió Florencio Godoy Cruz y un chamamé con música del compositor Roberto Galarza titulado "Injusta Condena".Extraído del cd "ALMAS MILAGROSAS, SANTOS POPULARES Y OTRAS DEVOCIONES" por María de Hoyos y Laura Migale, Edición NAyA



Fuente: Diccionario de Mitos y Leyenda

La Leyenda de "La Luz Mala"

Nuestro interior provinciano es muy lindo en paisajes y bellezas naturales, pero más bondadosa ha sido la naturaleza con el hombre que habita en esas "soledades"; en esa eterna quietud y paz. Soledad que se convierte en compañía para el espíritu, que le infunde melancolía y le fortifica el alma. Pero no siempre hay tranquilidad en esos parajes; las corridas, los velorios, las fiestas religiosas y las supersticiones mantienen inquieto al hombre de cerro y de campo y le tornan divertida su monótona vida.
La riqueza cultural de nuestra gente es inimaginable; resultado de la fusión de las antiguas culturas aborígenes, del cristianismo, de las soledades y desventuras que en el marco geográfico se desarrollaron a través de años y años. Un tesoro que el hombre de la ciudad por su vida agitada y sofocante muchas veces no conoce, y que forma parte de nuestra tradición.
Entre las supersticiones y leyendas de la gente del campo o de los cerros está la de la "luz mala" o "Farol de Mandinga", mito con trascendencia religiosa que se extiende por casi todo el Noroeste Argentino.
En algunas épocas del año (generalmente las más secas) se suelen ver de entre las pedregosas y áridas quebradas de los cerros del oeste tucumano (Mala Mala, Nuñorco, Muñoz, Negrito, Quilmes, etc), a la oración - de tarde -, o cuando los últimos rayos del sol iluminan las cumbres de los cerros y el intenso frío de la noche va instalándose en los lugares sombreados, una luz especial, un fuego fatuo; producto de gases exhalados por cosas que se hallan enterradas conjugados con los factores climáticos; a ella - con terror y morbosidad - los lugareños denominan "luz mala" o el "farol del diablo".
El día de San Bartolomé (24 de agosto) es el más propicio para verlos, ya que es cuando parece estar más brillante el haz de luz que se levanta del suelo y que, por creencia general, se debe a la influencia maligna, ya que popularmente estiman que es el único día en que Lucifer se ve libre de los detectives celestiales y puede hacer impunemente de las suyas (Ambrosetti, "Supersticiones y leyendas").
La luz es temida también por que imaginan ver en ella el alma de algún difunto que no ha purgado sus penas y que, por ello, sigue de esa forma en la tierra.
Generalmente nadie cava donde sale la luz por el miedo que ésta superstición les ha producido, los pocos que se han aventurado a ver que hay abajo de la luz siempre han encontrado objetos metálicos o alfarería indígena - muchas veces urnas funerarias con restos humanos, lo que aumentó el terror- que al ser destapada despide un gas a veces mortal para el hombre, por lo que los lugareños aconsejan tomar mucho aire antes de abrir o sino hacerlo con un pullo - manta gruesa de lana - o con un poncho, de suerte que el tufo no llegue a ser respirado.
Nos cuenta don Hipólito Marcial que: "La luz blanca que aparece en la falda del cerro es buena, donde entra hay que clavar un puñal y al otro día ir a cavar... va a encontrar oro y plata. De la luz roja huyan o recen el Rosario, se dice que es luz mala, tentación del diablo".
Debido a la continua migración a las ciudades y centros poblados, y por constante progreso estas leyendas van quedando reservadas solo para los mayores; la juventud se preocupa por otras cosas que estima más importante.
Fuente: folkloredelnorte.com.ar

La Telesita

Requirió el capataz sus armas, y caminó por la orilla laguna. Llegaban del callejón bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana. Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que dormitaban por allí, se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia allá, y vio a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por zafarse de los perros, y apercollándola, gritóle: _¿Sois de este mundo o del otro? La luna se arrebujó de nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo. ¡Era la Telesita! Tiempo hacía que peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse, para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se llamaba Telésfora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de guirigayes y coplas, de libaciones y danzas. Yo he visto esas ceremonias. Habíamos galopado largo trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descansaran, nos detuvimos en un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que en el antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes, zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de fiesta... Cuando asomamos al corro, un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar ginebra, en bote donde habían suxado ya más de veinte labios. Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía: Si de cristales fuesen Los corazones Qué bien claras se viesen Las intenciones. Y uso los pies de la pareja, en la postrer mudanza, chisporrotearon cohetes; zahumóse el aire con el hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta. - Es una promesa a la Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme con laconismo reacio: - Ánima milagrosa... Como en ese instante se acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones. - Si usted quiere ganar una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda... vamos: algo que usted desea le hace una promesa a la Santa. - ¿Promesa de qué? - De ponerle un baile. Era su deidad milagrosa, la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo albergue en los ranchos, donde encontraba un chuse para dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad, al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo de lúgubre el alma entera náufraga en ancestrales desventuras. Y agregaba mi interlocutor: - El promesante paga las velas y los licores. Entonces preguntábale yo: -¿y qué se hace en el baile? A lo cual respondía generosamente: - Chupar y danzar y cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir. -¿Y las velas? - Ahí están- y se empinó, señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa adornada de randas y flores. El rito encerraba, quizás, mucho de ingenuo, mas en su espíritu era fiel a la tradición. La Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió su rumbo al oír en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos. La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua: no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del coro, a cargo aquí de los trovadores populares: Cuando un pobre se emborracha De un rico en la compañía: La del pobre borrachera La del rico es alegría. Veíase a las claras cómo se amargaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa. -¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio. -¿Cuál? - Ese saco blanco ... Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo... ; lo agarró fuerte el costado...; quince días en cama....; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté. Y como en el curso de la conversación preguntasen si ya había concluído la parte religiosa del baile, me respondieron: - No, señor. Este es más largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera encontrar un caballo de mi primo. - ¿Y lo encontraron? - Sí, es ese mala cara que está en el palenque. Seguían en el corro coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas, libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara. ¿Cómo había podido esa vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluídas en un desenlace de tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística. Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió beatificada por el espíritu del fuego. Encaminándose por el bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío, cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron, tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo expandirse mas hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad protectora del bosque donde nació.-

Leyenda: El Pombero

Es muy parecido al Duende, pero a diferencia de aquel, se lo ha visto muy pocas veces.
Tiene los pies al revés para dificultar su búsqueda. Puede tomar la forma de cualquier animal. Según Bossi, a la distancia parece un carpincho parado en las patas traseras, sus ojos no son como los nuestros, sino chatos, como los del sapo, y con cejas de pelo largo.
Mira fijo igual que las lechuzas. Tiene la boca grande y alargada y sus dientes son muy blancos.
Se dice que es el dueño de los pájaros y del sol y señor de la noche.
Sale a pasear en los meses de Octubre y Noviembre, cuando empieza el calor (en el N.O. y N.E.).
Cuentan que una vez, el Pombero se enojó con un hachero de la provincia de Formosa: Marco Gavasa, lo sacó del rancho con cama y todo durante la noche y lo dejó en medio del monte. Esto mismo se repitió durante varias noches hasta que una vuelta lo golpeó y lo dejó paralítico. Marco Gavasa murió a los 86 años en el año 1972.
Quiere a los chicos buenos y golpea a los malos. Cuando uno le imita el grito o el silbido, éste le contesta en forma enloquecedora. Dicen que se lo ahuyenta con ajo.
Por su parte nos han contado que en Corrientes la historia es un poco distinta, allí es más parecida al duende norteño, pues es un petiso narigón con gran sombrero aludo y con gran dote masculino que aparece en los bananales a la siesta y suele perseguir en especial a las niñas. Apodado el duende sombrerudo o señor de la siesta a los niños se les hace dormir después del almuerzo para evitar encontrarse con él.
Fuente: folkloredelnorte.com.ar